Familia y Vocaciones

Introducción.

La familia cristiana ha ofrecido siempre y debería continuar ofreciendo las condiciones necesarias para ser esa "mediación educativa" que favorece el nacimiento y el desarrollo de las vocaciones sacerdotales y religiosas

Vivimos hoy en el contexto de una sociedad compleja, sometida profundamente a los vaivenes de un cambio acelerado. Una de las instituciones en las que, de manera más marcada, se percibe la complejidad y el cambio social experimentado entre nosotros, es sin duda, la familia. Las nuevas condiciones de la economía y del trabajo, la industrialización, la mejora del nivel de vida, la tendencia hacia la sociedad del bienestar, el consumismo, los medios de comunicación social, etc., no pueden menos de incidir y de provocar un cambio notable en todo el entorno familiar y vocacional. 

Para describir la situación de la familia el problema se concentra en una situación de agitación, crisis y transformación progresiva.

No se trata simplemente del abandono y superación de los modelos tradicionales de familia ni del cambio de funciones experimentado en su seno. Se está llegando a una diversidad muy amplia de situaciones como, por ejemplo: familias construidas por una sola persona adulta (divorciados, madres solteras), parejas reconstruidas después de una ruptura, con hijos provenientes de ambos cónyuges.

1.- Luces y sombras.
La familia cristiana se siente marcada y condicionada por la cultura, los valores, la mentalidad y el estilo de vida que impulsan la sociedad actual. La sociedad influye en la vida de la familia, como asimismo la institución familiar va generando un nuevo modelo social. Es decir, el influjo es mutuo. Los signos de los tiempos proyectan luces y sombras sobre la familia.

            El Papa Juan Pablo II en la exhortación apostólica “Familiaris Consortio” se detiene en el capítulo primero en conocer el contexto social en el cual se realiza hoy la familia. Y afirma en seguida que la situación en la que se halla la familia “presenta aspectos positivos y negativos”:

            Como aspectos positivos hay que detectar: la conciencia más viva de la libertad personal, mayor atención a la calidad de las relaciones interpersonales en el matrimonio, a la dignidad de la mujer, a la procreación responsable, a la educación de los hijos, a la misión eclesial propia de la familia, a la responsabilidad en la sociedad. Todos ellos son valores importantes a los cuales la familia es hoy más consistente y sensible.

Pero junto a estos valores no faltan signos preocupantes de degradación: concepción equivocada de la independencia de los cónyuges entre sí, ambigüedad en las relaciones de autoridad entre padres e hijos, dificultades en la transmisión de valores, aumento de divorcios, plaga del aborto, mentalidad anticonceptiva. Todos ellos influyen en la conciencia de los creyentes, que no siempre aciertan a mantenerse inmunes y a situarse con una conciencia crítica ante la cultura para construir un auténtico humanismo familiar. Y, así, se manifiesta este influjo en el debilitamiento de los valores morales, en el recurso al matrimonio meramente civil y al divorcio, en el rechazo de las normas morales sobre la sexualidad.

            Y, así, “junto a comportamientos nada ejemplares y hasta admitidos socialmente como el cambio de pareja, la infidelidad conyugal, la falta de ejemplaridad en personajes representativos o el número cada vez mayor de divorcios, nos encontramos con una mentalidad bastante extendida que desfigura valores fundamentales de la sexualidad humana”. “La cultura dominante trata de legitimar la separación del sexo y el amor; del amor y la fidelidad al propio cónyuge; de la sexualidad y la procreación” (VHL 19). 

            La base y raíz de estos fenómenos, dice el Papa Juan Pablo II, está “en la corrupción de la idea y de la experiencia de la libertad”. Como ha repetido en algunos documentos recientes (cfr. “El esplendor de la verdad”), existe una corriente de pensamiento en la que la libertad no se entiende en relación a la verdad, sino de una manera autónoma; no es concebida como la capacidad de realizar el plan y el proyecto de Dios (en este caso, sobre la familia), sino como una fuerza independiente y autónoma de autoformación orientada al propio bienestar egoísta.

2.- Cambios recientes en la familia.

Tanto las luces como las sombras se ciernen sobre la familia cristiana e influyen sobre su vida y sobre su realidad social.

            La familia ha ido evolucionando a lo largo de la historia. Hemos ido pasando de una familia rural a una familia urbana; de una familia “proletaria” a un tipo de familia burguesa; de una familia numerosa a una familia reducida; de una familia tradicional y de carácter sagrado a una familia secular. Pero quizá el cambio más importante es el paso de una forma institucional a una forma de “compañerismo”. Naturalmente, esto no es una realidad universalmente adquirida. Es, más bien, una tendencia, que va asumiendo diversas características. Entre ellas, es importante destacar: el afecto como base de una vida, la igualdad entre los esposos, la necesidad del consentimiento mutuo para las decisiones importantes, la comunidad de intereses y actividades que coexiste con la división del trabajo y de los intereses individuales.

            De una manera muy sintética se puede decir que lo primero fue el paso de la familia tradicional (patriarcal) a la “familia nuclear”. Hoy algunos sociólogos apuntan la tendencia hacia la familia “postnuclear”. Entre sus indicadores, señalan: se adelanta el primer contacto sexual entre adolescentes, se retrasa la edad de casarse y del nacimiento del primer hijo, baja la tasa de fecundidad, disminuye la nupcialidad, crece el fenómeno de la cohabitación, se da más disolución voluntaria de las parejas, aumenta el número de mujeres entre la población activa y se consolida la simetría en las relaciones de poder entre los miembros adultos de la familia.

            Entre los cambios demográficos hay que señalar, entre todo, tienden a desaparecer las formas familiares de la mujer, la autoridad de los ancianos. Decrece ya el tamaño medio de la familia y el número de hijos, cuya reducción se acentúa sensiblemente en la década de los ochenta. Además, se reduce el tiempo dedicado a la fecundidad matrimonial y el actual número de hijos se tiene un período más corto y más concentrado.

            A estos hay que añadir otros dos cambios demográficos importantes: el descenso de la mortalidad y el aumento de la esperanza de vida. Esto hace que, al prolongarse la vida, se alargue también el ciclo familiar, de manera que la relación de pareja entre los cónyuges dura más años y, en general, la viudez se produce en edades muy avanzadas. De aquí surge la cuestión de la tercera edad, cuyas implicaciones desbordan el marco de la familia para convertirse en un problema social de primera magnitud.

3.- La familia en transición. 

            La relación entre la familia y las vocaciones se plantea hoy de forma muy distinta que en el pasado debido a los profundos cambios que se han verificado en la familia, reflejo a su vez de los procesos de cambio que ha sufrido, sobre todo de un siglo a esta parte, la sociedad occidental.

            Si en el pasado la familia era el centro de la sociedad, hoy es sólo uno de sus componentes. Una serie de funciones tradicionales que solía desempeñar la familia económicas, culturales, asistenciales, políticas e incluso religiosas se realizan actualmente casi todas fuera de ella y la familia ha pasado de ser sujeto de los fenómenos de cambio social a ser simplemente objeto de los mismos.

El marco general de estos procesos de cambio es la cultura de la secularización  que se ha consolidado también en el occidente cristiano, no tanto en su sentido “débil” de distinción entre la esfera civil y la esfera religiosa, cuanto en su sentido “fuerte” de excluir totalmente a Dios y a la religión de la vida social. El matrimonio pierde su vertiente teológica y sacramental de “pacto” y mantiene solamente las características jurídicas del “contrato”, que se puede rescindir cuando todas las partes, o sólo una de ellas, lo crean conveniente. El hombre de la sociedad moderna no concibe la misma vida humana como un “don” que viene de arriba, como una opción libre y autónoma de la persona, que está totalmente sujeta a su decisión (de ahí que haya muchos que acepten intervenciones indiscriminadas y manipuladoras en el tema de la procreación y, en general, en ámbito de la genética).

            En este contexto, se discute el mismo concepto de vocación, tanto en general como respecto a las vocaciones de “especial” consagración. 

            Hablando en términos generales, el concepto “vocación” presupone que Alguien llama. Implica, por tanto, una relación directa entre la persona y Dios. Pero, en la perspectiva de la sociedad secular, Dios o no existe o está lejos del mundo y, por tanto, el mundo está exclusivamente en manos de un ser humano que ya es “mayor de edad”. Por consiguiente, desaparece la misteriosa dialéctica entre “llamada” y “respuesta”, típica de la vocación, ya que no se percibe que haya Alguien que llame y al que hay que responder. Sólo si se recupera el sentido religioso de la vida será posible redescubrir también, en la familia, la dimensión vocacional de la existencia.

Hablando más en concreto, las vocaciones de “especial” consagración parecen contraponerse al curso actual de la civilización occidental. Porque, además de suponer un Dios que llama, implican siempre una decisión definitiva y un don personal irrevocable. Y estas actitudes se contraponen frontalmente a la cultura fragmentaria y subjetiva que insiste en la “libertad” o más bien en la espontaneidad de las opciones individuales tan típica de nuestra época. No hay que sorprenderse, pues, de que las familias cristianas, condicionadas también por la cultura dominante, no entiendan ya el significado del don definitivo y con intención irrevocable de uno mismo que implican precisamente las vocaciones de “especial” consagración. La crisis del matrimonio como don de uno mismo total y para siempre se transfiere inevitablemente a toda forma de “voto” secular o religioso.
4.- Una relación nueva entre vocación y familia.  

            Al analizar la nueva relación que ha surgido en la sociedad contemporánea entre familia y vocación, es preciso tener en cuenta dos aspectos ulteriores de la cultura occidental contemporánea.

El primero es el drástico descenso de la natalidad desde hace treinta años y que en los años noventa ha hecho que prevalezca la familia con un solo hijo, desapareciendo casi por completo las familias con tres o más hijos (fuente tradicional de las vocaciones). El descenso de los nacimientos no sólo hacen que las vocaciones de “especial” consagración sean estadísticamente menos probables, sino que determina un cambio profundo de la calidad de las relaciones entre padres e hijos. En la familia más reducida de hoy, esas relaciones son cada vez más intensas y profundas, a veces incluso posesivas. Y esto no favorece en absoluto el alejamiento, más aún, la verdadera ruptura con la propia familia que constituye un aspecto esencial de toda vocación, entendida, como recorrido autónomo que hace la persona y que puede ser condicionado e influido, pero no predeterminado, por la familia de origen.

            Otra característica de la cultura de hoy que la inclina a no aceptar las vocaciones es la disminución de la consideración social en general y, más en particular, la desvalorización por parte de las familias del estado sacerdotal y religioso. En otras épocas de la historia de occidente, sobre todo en la Edad Media, pero también en una amplia fase de la Edad Moderna, las personas consagradas constituían el vértice de la sociedad, los monjes y los sacerdotes se consideraban la elite incluso desde el punto de vista cultural (muy significativa a este respecto era la identificación entre intelectual, o persona culta, y clérigo) y a veces incluso desde el ámbito del ejercicio del poder político y económico (había muchos obispos y abades mucho más poderosos y ricos que grandes señores laicos). Pero estas formas de valoración y de consideración social han venido a menos e incluso se las desestima y se es indiferente a ellas. Y si aún se sigue valorando esencialmente el estado sacerdotal y religioso como opción de servicio a los demás, el celibato se acepta y aprecia con dificultad y las vocaciones se suelen valorar más por lo que aportan a la promoción humana y a la lucha contra las diversas formas de marginación, que por el testimonio de la vida religiosa en sí misma y por sí misma.

            Por consiguiente, han disminuido mucho los soportes familiares (una vida familiar cristiana vigorosa en una pequeña comunidad con muchas relaciones y con una gran dimensión fraterna) y los soportes sociales de las vocaciones de “especial” consagración. Al resquebrajarse las estructuras externas que las sostenían, sólo les queda la voluntad de Dios que sigue llamando y la repuesta libre de las conciencias individuales.

            No hay que sorprenderse, pues, de la disminución de las vocaciones de “especial” consagración. Sin embargo han crecido en calidad, porque en la sociedad secular es mayor su autenticidad y su fortaleza interior, ya que son fruto de opciones más meditadas, más maduras y más responsables que en el pasado.

Y tampoco debe sorprender que, en este contexto, el tema vocacional resulte difícil en las familias. Y no sólo en las que están alejadas de la fe y de la práctica religiosa, sino también en las formadas por cristianos practicantes. A las primeras, la consagración total y definitiva a Dios les parece un contrasentido; las segundas las ven difícil y problemática, llegando a cerrarse a ella y a rechazarla.

            Hay tres dificultades especiales a las que se enfrentan los padres cristianos a la hora de aceptar para  sus hijos las vocaciones de “especial” consagración, y que vamos a recordar.

La primera tiene que ver con el conflicto que puede plantearse ente las expectativas de los padres respecto a sus hijos y la llamada de Dios. El descenso de los nacimientos comporta, entre otras muchas consecuencias, que cada vez haya que invertir más medios económicos y más tiempo, pero también más recursos, sobre todo afectivos, en los hijos, de los que se espera una serie de gratificaciones que es posible que los padres no hayan tenido. Si un hijo único opta por la vida religiosa priva a la familia de su futuro y choca con el anhelo normal de todo el mundo de que permanezca en el tiempo el nombre y la tradición, e incluso la actividad económica y profesional de los padres. La salida de la familia, no para el matrimonio sino para la vida religiosa, pone en crisis y choca, a veces dramáticamente, con este “sistema de expectativas”.

La segunda tiene que ver con los interrogantes, o incluso con las inquietudes, de los padres, aún de los que son creyentes, ante la decisión por la “especial” consagración a Dios. El clima provisional y existencialmente precario en el que viven los padres y que los condiciona, puede hacer que vean con temor, e incluso con espanto, opciones que deben ser irrevocables pero  que se teme que no lo sean y puedan ser puestas en tela de juicio a lo largo de la vida. Pero aún hay más. En el perspectiva de una vida centrada en la felicidad, en el éxito y en las conquistas, la vida religiosa puede parecer tan gris y sombría, que dé la impresión que es imposible que permita que se realice plenamente la personalidad de los hijos (y, de rechazo, la de los padres). 

Otro problema es la castidad que la Iglesia exige a los que se consagran al servicio de Dios. La virginidad y el celibato consagrados se aceptaban más fácilmente en una sociedad donde el matrimonio era menos valorado incluso desde el punto de vista religioso, donde los cónyuges eran menos felices y donde las opciones matrimoniales se soportaban más que se elegían. El incremento de la “calidad” media del matrimonio que ha caracterizado desde hace dos siglos a occidente (que compensa su mayor inestabilidad y fragilidad), ha replanteado en su verdadero significado el sentido de la renuncia del voto de castidad. Paradójicamente, el crecimiento de la familia como “vocación”, la recuperación de la dimensión laical de la vida cristiana, los mismos desarrollos de la espiritualidad conyugal en las parejas cristianamente más maduras y eclesialmente más comprometidas, que ha hecho que se valore el matrimonio incluso como “camino hacia la santidad”, han contribuido a que le sea menos fácil a los padres, incluso a los padres cristianos, aceptar que sus hijos renuncien al matrimonio y a las profundas experiencias de la conyugalidad y de la paternidad-maternidad.

5.- Para una “pedagogía del abandono”.  

            En este contexto, lo que parece especialmente urgente cuando se habla de las familias como “fuentes de vocaciones” (Avanti 1992) es el  planteamiento y desarrollo de una “pedagogía del abandono” a partir de Gn.2,24, sobre el que ha reflexionado a fondo el Magisterio (Juan Pablo II, 1985) y que no sólo tiene que ver con el “ingreso” en el matrimonio (para formar una nueva pareja), sino también con la “salida” del él (de la separación física y afectiva de los hijos respecto a los padres).

            La familia humana se basa en la estabilidad. Además, una de sus características básicas es el enraizamiento. Desear un hijo, aceptarlo, hacer que crezca, educarlo y llevarlo a la edad adulta significa entablar con él una profunda comunión de vida que en la cultura contemporánea comporta una serie de connotaciones afectivas especiales. En la persona del hijo sobre todo en familias que suelen ser poco numerosas, como las actuales se invierte una parte importante del futuro, de las esperanzas y de las expectativas humanas de las padres. Esto da al hijo la seguridad emocional que tanto necesita. De hecho, cuando esta desaparece, por la crisis o falta de la familia, aparece una serie de traumas psicológicos dramáticos y a veces irrecuperables que a veces condicionan negativamente la propensión a la vida religiosa y su fecunda realización. Y también hace que los padres vean que su vida, su trabajo y sus continuos sacrificios tienen sentido y significado.

            La salida del hijo de la familia, sea cual fuere el motivo (pero todavía más su entrada en la vida religiosa por su carácter de “ruptura” en cierto modo definitiva), rompe este cordón umbilical. Y todo esto no sucede sin un costo que algunas familias tratan inconscientemente de no pagar retrasando más allá de todo límite razonable el “abandono del nido” y dando lugar a lo que se ha dado en llamar la “familia extensa del joven adulto”. No hay, pues, que sorprenderse si, como José y María en el templo (Lc.2,48), muchos padres cristianos no logran aceptar sin sufrimiento esta separación.

De ahí la necesidad de formar a los padres cristianos en una “pedagogía del abandono” que debe presidir desde el principio las relaciones entre padres e hijos. Y debe concientizarlos poco a poco de que el enraizamiento sólo es auténtico y sólo da fruto cuando no sólo es capaz de soportar, sino de aceptar y preparar responsable e incluso alegremente el desenraizamiento y, por tanto, la separación. Si no es así, la salida del hijo del ámbito de la familia es cada vez más difícil, corre más peligro la respuesta a una posible llamada de Dios y es más doloroso el trauma de la separación. Una pedagogía vocacional de largo alcance supone que la red de relaciones entre padres e hijos (y viceversa) se educa para la separación, condición necesaria para que la llamada de Dios sea acogida directamente por unos (los hijos) e indirectamente por otros (los padres). Incluso desde una perspectiva meramente humana, opciones responsables y autónomas de los hijos tanto en orden al matrimonio como en orden a la profesión dentro de este marco. Desde una perspectiva vocacional, es un banco fundamental de prueba de la capacidad de la familia cristiana para ser una familia “creativa” (Scarpellino, 1983) donde las vocaciones crezcan y maduren.

6.- Las virtudes de la vida de familia.

            Para que la familia sea una auténtica “fuente de vocaciones” es preciso que viva como una “pequeña iglesia”, reproduciendo a nivel doméstico sus principales características:

6.1.- El matrimonio, fuente de santidad.

            La respuesta a la llamada de Dios a la santidad es idéntica para todos: sacerdotes, religiosos y laicos (casados o solteros). Hoy es clara en la Iglesia la convicción de que todos los estados pueden conducir a la santidad.

            Los esposos, han de realizar la santidad en el marco de su matrimonio. Más, el matrimonio debe ayudarles a caminar en santidad. Esto es posible precisamente por el carácter sacramental del matrimonio. Si Dios está presente con su gracia en el amor y unión de los cónyuges, está haciendo posible y ofreciendo la fuerza para vivir en santidad.

            Es importante que los matrimonios cristianos tomen conciencia de que su matrimonio es fuente de santidad, y de que el Señor les llama a vivirla en su misma realidad y estado matrimonial. Los esposos están llamados a santificarse juntos, su mutua ayuda y su mutuo amor de la santidad conyugal pasa por una profunda comunicación humana, por compartirlo todo, por la oración, meditación y revisión en común. Implica, principalmente, buscar juntos a Dios en las propias situaciones de la vida.

El Concilio Vaticano II explica que los seguidores de Jesús, por designio y gracia de Dios, han sido hechos hijos de Dios y partícipes de su misma naturaleza; y, por esto mismo, han recibido la santidad.

             La raíz  y la base de esta santidad está en el bautismo. Por ello, y como consecuencia de este plan de Dios, “todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aún en la sociedad terrena, un nivel de vida más humana” (LG 40).  

6.2.- La familia construye la Iglesia.

La Iglesia es una comunidad que nace del amor de Cristo y está impulsada y vivificada por su amor a todos los miembros; y éstos, a su vez, tienen como imperativo fundamental, el amor mutuo y recíproco a los hermanos. La familia es también “alianza de amor”. La familia da ciertamente a la Iglesia la posibilidad de construirse, de crecer, de ser comunidad cristiana. En realidad, los individuos entran a formar parte de la Iglesia local, perteneciendo ya una comunidad cristiana, la familia, que surge, como hemos repetido, del sacramento del matrimonio. De modo que la familia, así como es célula de la sociedad, lo es también de la Iglesia. Es constructora de la Iglesia.

La responsabilidad de este ser y sentirse constructora de la Iglesia es muy importante. Implica dar respuesta a ese hecho social y carismático. Implica también que los padres han de ser para con sus hijos los primeros catequistas y predicadores de la fe, tanto con su palabra como con su ejemplo.

7.- La familia, comunidad cristiana.

Afirmar que la familia es como una “pequeña Iglesia”, significa también afirmar que es una comunidad cristiana. Y por ser comunidad cristiana. Realmente, así debe configurarse y presentarse. Y por ser comunidad cristiana, la familia está llamada a ser el lugar privilegiado para vivir, compartir y expresar la fe, para acoger la palabra de Dios, para testimoniar los valores evangélicos. Mediante el testimonio de la fe y la vivencia de dichos valores es como, en realidad, la familia se manifiesta como comunidad cristiana.

7.1.- La familia, lugar privilegiado para vivir la fe.

            La familia muestra su identidad cristiana, ante todo, mediante la fe; una fe madura, integrada en la vida. Según el Concilio Vaticano II, los esposos cristianos han de ser “testigos de la fe y el mismo de Cristo”. Y solamente testimonia la fe, aquel en quien ha llegado a incidir en su persona y a transformar su vida. 

Sabemos que la fe no es un conjunto de conocimientos o doctrinas, sino que es el descubrimiento y encuentro personal de la Persona de Cristo. Es la adhesión y la confianza total en Cristo Jesús. Hace posible que Él dirija y oriente la vida del creyente; que Él sea el centro y el móvil de toda la existencia. No cree quien conoce una doctrina sino quien la acoge en su vida y la vive. En el caso del creyente cristiano, la fe supone la acogida, el seguimiento, la vida de Cristo.

            La familia se configura como “pequeña Iglesia”, como comunidad de creyentes, como célula de la Iglesia. De aquí nace especialmente este deber de testimoniar la fe. Porque el testimonio de fe es, sobre todo, misión de la comunidad cristiana ya que es en la comunidad donde los creyentes crecen en la fe, la viven y la desarrollan. Y la familia está llamada a esto: a hacer el primer anuncio de fe en la vida de los hijos, a ayudarles a crecer y a desarrollar su fe.

            El Concilio Vaticano II cuando se refiere a este deber de los padres de ser los primeros anunciadores y educadores de la fe de sus hijos añade, normalmente, la expresión “con su palabra y con su ejemplo” (cfr. AA 11), subrayando siempre que el medio y el testimonio necesario es el de la vida. La fe se manifiesta en la vida cotidiana, en los criterios que orientan nuestra acción, en la mentalidad y juicio que hacemos de las diversas realidades y situaciones, en la concretez misma de nuestras acciones.

7.2.- Acogida y anuncio de la palabra de Dios.

            En la fe, la familia escucha y acoge la palabra de Dios; constituye, sin duda, el lugar privilegiado para la escucha, la meditación, la reflexión, el diálogo, que ayuden a comprenderla y, sobre todo, a adherirse a ella y vivirla. Juntos, todos los miembros de la familia, pueden irse “familiarizando” con la Palabra y el mensaje revelado. Quizá sea la familia el lugar donde pueda ser mejor escuchada, comprendida y vivida. 

            Es, ciertamente, importante hacer de la familia, este lugar propicio de proclamación y anuncio; así  como también, el que la familia busque la orientación de su vida a la luz del evangelio y, día a día, se comprometa con sus exigencias. La lectura y diálogo sistemático del Nuevo Testamento en familia puede ayudar a crear un clima, e introducirá a todos, padres e hijos, en la riqueza de la revelación de Dios Padre. Puede ser también éste un momento especialísimo de oración. (Plan Nacional pág. 323)

7.3.- Participación en la vida litúrgica.

            Existe una relación muy grande entre Palabra y sacramentos; como tiene que existir también entre sacramentos y vida. Así pues, la respuesta y el compromiso de la familia al anuncio de la palabra en la fe lleva también a la participación en la vida de la Iglesia y, de modo particular, a la participación en su misterio litúrgico de glorificación del Padre y de salvación de los hombres. Esta participación se realiza a través de los sacramentos. Y no es posible imaginar una espiritualidad conyugal o familiar sin una vida sacramental.

            Tienen que comprender el significado y valor que para ellos tiene la participación en la Eucaristía, y la función de la reconciliación sacramental en el crecimiento de su amor y en el camino de su conversión continua.

La Eucaristía es fuente y gracia de unidad y comunión, participando en ella, la familia significa y acrecienta su comunión y unidad. Por ella se sienten unidos en los mutuos deberes, responsabilidades y exigencias; viven y se comprometen en la aceptación, comprensión y amor, superando las dificultades y problemas que la vida misma presenta. Porque es en la familia. La Eucaristía completa también la consagración bautismal-matrimonial de entrega y dedicación al Señor, y va transformando a todos los miembros en imagen y cuerpo de Cristo.

En cuanto a la reconciliación cristiana, hemos de considerarla también como sacramento de amor y de conversión. El pecado no es sólo un atentado al amor y comunión con Dios, sino que compromete también la comunión fraterna dentro de la Iglesia. En este sentido, se habla de la dimensión social del pecado. Este atentado al amor fraterno puede sentirse dentro de la familia cristiana como fuerza disgregadora del amor mutuo. Y, por tanto, el perdón que significa y ofrece el sacramento de la penitencia, se configura también como reconciliación de los hermanos, reconciliación, pues, en el mismo ámbito familiar.

Es importante saber reconocerse pecador ante Dios es una actitud humilde y confiada, y pecador también ante los hombres. Esta actitud y este reconocimiento son también importantes en la familia. Es el reconocimiento por parte de  cada miembro de las propias debilidades y limitaciones; es también el reconocimiento comunitario de ser y sentirse “familia pecadora”, “Iglesia de pecadores”. Y es, al mismo tiempo, sentir y aceptar la gracia de Dios que perdona y salva, que nos envuelve y nos conduce por caminos de salvación.

La recepción frecuente de la penitencia es importante en el camino de la fe que debe recorrer una familia cristiana.

7.4.- Promoción de los valores cristianos.

            Por ser una comunidad cristiana, la familia tiene que ser el espacio donde se descubran y practiquen también los valores evangélicos.  El descubrimiento y vivencia de dichos valores implica, ciertamente, una mentalidad de fe, unas convicciones y actitudes evangélicas. Implica el estar impregnados el espíritu de Jesús. Y todo esto exige una confrontación continua de la propia vida con su mensaje. Porque, muchas veces, los valores que Jesús y su evangelio no coinciden con los “valores” de nuestra sociedad actual.

            Sin duda, el ideal más elevado que Jesús nos ofrece se encuentra concentrado en las bienaventuranzas. El sermón del monte es como el resumen de la proclamación de la buena nueva del Reino. Las bienaventuranzas son la síntesis de su mensaje; constituyen el “nuevo decálogo” de vida de los creyentes. Ellas nos presentan los valores y actitudes más entrañables de la vida cristiana; la pobreza, la mansedumbre, la humildad, la pureza, la misericordia, la justicia, el esfuerzo por la paz, la fortaleza. Todos estos valores constituyen el marco vital de la familia cristiana. Son los valores que ha de vivir, testimoniar y promover. Porque son, realmente, los valores del Reino. Cuando ellos inspiren la vida de los creyentes, llegaremos a ser fermento en nuestra sociedad y seremos verdaderos testigos de la vida de Jesús.

            Es más, a partir de las bienaventuranzas comprenderemos de verdad el espíritu del evangelio y los principales valores cristianos. Comprenderemos el valor del amor y del perdón, de la justicia y la solidaridad, de la verdad y la libertad, del respeto y la paz, de la pobreza y la sencillez, del trabajo y la alegría. El compromiso por asumirlos y vivirlos es el compromiso del seguimiento de Cristo.

8.- Dimensión  apostólica de la familia.

            La responsabilidad apostólica de los esposos cristianos brota, ante todo del mismo bautismo. El bautismo, en efecto, nos hace “cristianos”, seguidores de Jesús y partícipes en la Iglesia de su misma misión. Pero el sacramento del matrimonio especifica y completa, además, esta vocación bautismal, de manera que confiere una nueva dimensión apostólica a la familia cristiana.

9.-Familia y misión apostólica.

Si la familia es “Iglesia doméstica” ha de insertarse y participar necesariamente de la misión evangelizadora de la Iglesia. En este sentido es importante la reflexión sobre la relación familia-misión apostólica. Dicha relación nos lleva a subrayar tanto la importancia de la acción pastoral de la Iglesia respecto a la familia, como la misma tarea pastoral que debe desempeñar la familia cristiana en la Iglesia. Como ha dicho el Papa Juan Pablo II: “Hay que subrayar, una vez más, la urgencia de la intervención pastoral de la Iglesia en apoyo de la familia. Hay que llevar a cabo toda clase de esfuerzos para que la pastoral de la familia adquiera consistencia y se desarrolle dedicándose a un sector verdaderamente prioritario, con la certeza de que la evangelización, en el futuro depende en gran parte de la Iglesia doméstica” (FC 65). 

9.1.- Fundamento de la misión apostólica de la familia.

            Ante todo, es importante subrayar que la vocación apostólica de los esposos y padres católicos no proviene del exterior, sino de lo íntimo de su ser sacramental de bautizados y esposos en Cristo. Los estímulos y llamadas de la jerarquía de la Iglesia católica a este trabajo apostólico son simplemente eso: estímulos y llamadas para seguir lo que es consustancial a todo creyente; son invitaciones para escuchar y seguir la voz de Cristo y de su Espíritu que todos sentimos en lo íntimo de nuestros corazones.            

La necesidad del apostolado no proviene, pues, ni de la jerarquía ni de otras circunstancias exteriores. Proviene del hecho de ser bautizados y esposos cristianos. El matrimonio, precisamente por ser sacramento, es fuente de gracia y constituye, al mismo tiempo, un exigencia e imperativo apostólico. Además, por ser un sacramento distinto de los otros, enriquece también a los esposos con un don y una responsabilidad en orden a un apostolado “especial”. Se trata del apostolado familiar.

            La vida de la Iglesia se asienta en la vida de la familia. Y sólo en la medida en que las familias cristianas sepan encontrar en el sacramento del matrimonio la fuente de la gracia y la llamada al apostolado, llegarán a vivir su misión apostólica, insertándose responsablemente en la vida de la Iglesia.

9.2.- Participación en la misión de la Iglesia.

            La familia es imagen del misterio de la Iglesia. Está inserta en ella de tal manera, que necesariamente ha de participar en su misión de salvación. Del mismo modo que la Iglesia es esencialmente comunidad evangelizadora, la familia está llamada también a testimoniar y anunciar el Evangelio de Jesús.

            La familia es, pues, el primer lugar de la realización de la vocación apostólica. Dentro de la familia, los mismos miembros han de ser evangelizadores. En este sentido la familia acoge en su seno la Palabra de Dios, cuida la catequesis familiar, se abre y educa a los valores trascendentes y crece como comunidad de oración. Pero, además, la vocación apostólica se proyecta a otras familias, a los movimientos eclesiales, a las iniciativas sociales.  

            Esta vocación apostólica la realiza la familia, desarrollando las funciones que le son propias. El Papa Juan Pablo II las concentra en la referencia con Cristo, profeta, sacerdote y rey, presentando la familia cristiana como comunidad creyente y evangelizadora, comunidad en diálogo con Dios y comunidad al servicio del hombre (FC 50-64). 

9.3.- La familia, sujeto de la acción apostólica.

            Acogiendo la misión de la Iglesia, la familia cristiana asume el carácter de “Iglesia doméstica”, de comunidad salvada y salvadora. No sólo recibe el amor de Cristo que salva, sino que también lo anuncia y comunica. Y, al realizar este anuncio, vive también la dimensión sacramental de la unión conyugal.

            Si el Señor mismo confía a los esposos en el sacramento del matrimonio una misión apostólica, la pareja y la familia son, por tanto, sujeto de la acción pastoral de la Iglesia. Tiene realmente un puesto y una tarea peculiar en la Iglesia. No son simplemente objeto de su preocupación pastoral, sino sujeto activo y responsable de una misión de salvación.
Esta perspectiva implica la renovación en profundidad de la pastoral familiar. Y señala una dirección: el protagonismo de la familia. Se trata, como indica “Christifideles laici”, “de convencer a la misma familia de su identidad de primer núcleo social de base y su original papel en el sociedad, para que se convierta cada vez más en protagonista activa y responsable del propio crecimiento y de la propia participación en la vida social” (CL 40).

            El protagonismo de la familia implica una relación mutua entre la familia y la Iglesia: la familia tiene que abrirse a la acción pastoral de la Iglesia, y la Iglesia, a su vez, tiene que abrirse a la familia. Sólo esta relación de armonía lleva a la corresponsabilidad. 

10.- El campo del apostolado familiar.

Pero no se trata sólo de convencerse de la necesidad del apostolado y de llegar a sentir la responsabilidad. Hay que llagar a ver qué es lo que la familia puede hacer de una manera real y concreta, para comprometerse sinceramente en la misión y actividad de la Iglesia.

            El campo apostólico de la familia ha quedado muy bien expresado y recogido en el Concilio Vaticano II y, posteriormente, en la exhortación Familiaris consortio de Juan Pablo II. El Concilio, en el decreto sobre el apostolado de los seglares (n. 11), después de hablar de la importancia trascendental tanto para la Iglesia como para la sociedad, del apostolado de las familias, señala aspectos importantes para el momento actual. Indica, ante todo, que los esposos cristianos han de tener un apostolado preferente en el mismo campo familiar. Habla incluso de un apostolado realizado en el seno de la propia familia. Siguiendo el texto conciliar, vamos a subrayar algunos aspectos.

10.1.- Ayuda a la elección vocacional.

            El Concilio señala como primera forma de apostolado de los cónyuges cristianos, el “ser testigos de la fe” para sus hijos, subrayando la importancia de su misión de educadores de la fe. A ellos corresponde irlos preparando para una vida auténticamente cristiana y apostólica. Y esta iniciación cristiana y apostólica la realizarán “con su palabra y con su ejemplo”.

            Inmediatamente, el texto añade: “les ayuden con mucha prudencia en la elección de su vocación y cultivan con todo esmero la vocación sagrada que quizá han descubierto en ellos”.

            Dos cosas hay que señalar principalmente. Por una parte, se trata de ayudarles a discernir su propia vocación. De una acertada elección vocacional depende muchas veces la realización de la persona. Y hay que ser conscientes de las presiones e imposiciones que, de diversas formas, se siguen ejerciendo muchas veces para que los hijos sigan una determinada “carrera” o se dediquen por una profesión que ni por su carácter, ni por su gusto, ni quizá siquiera por cualidades, es la más apropiada para ellos.
Esto no significa que los padres tengan que mantenerse al margen de esta decisión tan importante.. al contrario, su tarea consiste en ayudarles a elegir, a entrever los caminos que pueden abrirse en su vida, a decidirse y sentirse felices en su propia decisión.

            Por otra parte, tienen también el deber de cultivar “la vocación sagrada” que puedan descubrir en ellos. Los hijos, como don de Dios, pueden ser llamados a consagrarse a Él totalmente en la vocación sacerdotal o religiosa. Los padres tienen que saber apreciar el don de esta llamada. Y, siendo generosos con el Señor, tiene también el deber de fomentar y cultivar la vocación sacerdotal o religiosa de sus hijos. No se trata sólo de no ponerles obstáculos o dificultades, sino de ayudarles positivamente a seguir la llamada con fidelidad y entrega constante.

11.- Espiritualidad familiar y espiritualidad vocacional.  

            Una espiritualidad familiar vivida en plenitud y con sencillez, que convierte la casa en un a”pequeña Iglesia”, colabora a edificar el pueblo de Dios y a enriquecerlo con la variedad de sus miembros.

            Si bien la familia no es un “paso vocacional” de por sí obligatorio puesto que la vocación de Dios puede venir al margen de la familia e incluso a veces contra ella (de ahí que surjan a veces incomprensiones dramáticas y grandes sufrimientos), la experiencia histórica - de San Agustín a Santa Catalina de Siena, a San Juan Bosco y a Santa Teresa de Lisieux - muestra lo importante y a veces determinante que es el contexto familiar, sobre todo la relación ente la madre y los hijos. Teniendo en cuenta todo esto, la pastoral vocacional debería asumir mucho más de lo que ha hecho hasta ahora una dimensión familiar específica.

            En la sociedad del pasado, cuando los vínculos entre padres e hijos eran mucho más débiles y cuando los hijos abandonaban la casa muy pronto bien por razones religiosas (ingreso en un convento, en un monasterio o en un seminario) o por “razones laicales” - el colegio, el taller artesano, el aprendizaje, el servicio doméstico o militar, - la propuestas vocacional como separación afectiva podía ser menos difícil. Pero en la sociedad contemporánea, que se caracteriza en general por fuertes vínculos afectivos entre padres e hijos, la familia es un actor importante, si no la protagonista, del tema vocacional.

            Multiplicar las familias cristianas como “iglesias domésticas”, lograr que se viva en ellas diariamente la eucaristía, que se escuche la palabra de Dios y se practique el servicio de la caridad, es poner las premisas para que se acoja la llamada. Es preparar un terreno fecundo en el que podrá echar raíces y penetrar profundamente la palabra de Dios.

            De ahí el estrecho entramado existente entre pastoral familiar y pastoral vocacional: “Conscientes de la responsabilidad básica de la familia en este tema, sienten los padres las premisas para opciones vocacionales maduras y responsables mediante la escucha de la palabra de Dios, la vida de oración, el ejercicio de la caridad, una vida atenta y sobria, y una participación generosa en la vida de la Iglesia. No obstaculicen, sino compartan y acompañen con alegría temerosa y confiada el camino de los hijos que quieran verificar y seguir una vocación al sacerdocio, a la consagración religiosa o secular o a la vida misionera” (CEI, Directorio di pastorale familiare, n.144). 

En este denso pasaje, que resume una serie de indicaciones del magisterio, se utilizan tres verbos: “Respetar, compartir, acompañar” que vale la pena explicar sintéticamente.
Respetar significa al mismo tiempo no obstaculizar ni imponer (o intentar imponer) la opción vocacional. Siempre cabe el peligro de la incomprensión de una parte o del exceso de celo de la otra. Por eso algunas veces se obstaculizan imprudentemente las vocaciones y otras se promueven inoportunamente, hasta imponerlas psicológicamente (en la forma de vocaciones “paternas” y sobre todo “maternas” que se transfieren a los hijos e hijas). La familia cristiana debe caracterizarse por el respeto, que supone a la vez reserva y discernimiento.

Compartir indica que la familia cristiana participa en las opciones de los hijos. Y ello en la vida matrimonial y en la vida religiosa, aunque de forma distinta. La experiencia de los hijos no es un experiencia que se pueda “compartir” porque es otra e irrepetible, pero sí se puede acoger y hacer propia de algún modo, hasta convertirse en una realidad que afecta a toda la vida de la familia.

Acompañar significa que la familia no debe caer en la tentación de delegar, como si su tarea educativa terminara cuando su hijo he entrado en un seminario o en un instituto de formación. No, porque su tarea sigue siendo necesaria, aunque de un modo distinto, mientras vivan los padre. Quien ha optado por una consagración “especial” necesita seguir siendo hijo o hija y que se le reconozca como tal, aunque los padres no hubieran estado de acuerdo al principio con esa vocación. La celebración de encuentros frecuentes entre quienes viven la vida sacerdotal y religiosa y las familias cristianas sobre temas vocacionales específicos, pueden lograr que se entienda la complementariedad, y no la contraposición, entre los distintos caminos que existen para construir el Reino.

12.- Acciones de la Pastoral Familiar y Vocacional en la  Arquidiócesis de  Guadalajara  

El "Documento de trabajo" que preparaba el Congreso Europeo sobre las vocaciones (mayo 1997), subrayaba que en muchas partes se va tomando conciencia de que "una de las fronteras de la profecía... es la de educar", a la vez se constataba que es éste, el de la educación, uno de los puntos débiles de la pastoral familiar y vocacional. Para una pastoral vocacional eficaz se necesita una presencia educadora significativa, que sirva de punto de referencia. De aquí que la ausencia de una "mediación educativa" se considera como uno de los principales obstáculos para que se reconozca la presencia de la llamada del Señor y se pueda posteriormente recorrer caminos y procesos vocacionales (nº 70).

Ahora bien, si toda la comunidad eclesial debe sentirse llamada a realizar esta "mediación educativa” una responsabilidad particular está confiada a la familia cristiana, que en virtud del sacramento del matrimonio participa, de un modo propio y original, en la misión educativa de la Iglesia, madre y maestra. La familia cristiana como "Iglesia doméstica" en la bella expresión del Vaticano II,(LG 11), ha ofrecido siempre y debería continuar ofreciendo las condiciones necesarias para ser esa "mediación educativa" que favorece el nacimiento y el desarrollo de las vocaciones sacerdotales y religiosas (cfr. Pastores dabo vobís, 41).

12.1.- Sección seminaristas en familia.

La razón que impulso a los formadores de Seminario Diocesano de Guadalajara en Agosto de 1975, fue constatar que en los Cursos de Preseminario quedaban siempre muchachos a quienes se les consideraba vocacionables, pero que por una u otra razón no ingresaban al internado del Seminario, y a quienes se les dejaba prácticamente sin ningún cuidado, como ovejas sin pastor.

Requisitos para ingresar como Seminaristas en Familia,

a).- Haber hecho preseminario y salir aprobado para ello.
b).- Estar cursando estudios de secundaria o preparatoria.
c).- Recomendación de un sacerdote y permiso de los padres de familia.
d).- Compromiso de asistir a las reuniones semanales para los que viven en la ciudad, y mensuales para los foráneos.
e).- Carta de solicitud en la que el candidato manifiesta deseos de ser sacerdote.

            De ninguna manera es la intención restar importancia al Seminario Menor. Se trata de abrir otra posibilidad al cultivo de las vocaciones, sin cerrar las ya existentes y es además una oportunidad de realizar un trabajo conjunto de Pastoral Familiar y Vocacional.

            Actualmente son:

  1. 650 Seminaristas en Familia.

            Habrá siempre quienes o no están completamente decididos o van a la mitad de los estudios de secundaria o preparatoria o por razones de salud y familia no pueden ingresar todavía al Seminario. Estos son los candidatos a Seminaristas en Familia.

Razón de ser

 

  1. La justificación de esta experiencia queda plenamente dentro del espíritu de las normas dadas por el Magisterio de la Iglesia. En las normas básicas sobre la formación sacerdotal, encontramos un comentario al margen al tratar el tema del Seminario Menor, y dice: “El Concilio al mismo tiempo que recomienda la existencia de los Seminarios Menores, no impide que se puedan explotar simultáneamente otras soluciones; por el contrario, experiméntense oportunamente para fomentar las vocaciones sacerdotales, con tal que la institución del Seminario Menor no salga con ello perjudicada, y los nuevos experimentos ordénense con prudencia y seriedad a su propio fin”.

  2. EL INSTRUMENTUM LABORIS que reúne las aportaciones de las diferentes Conferencias Episcopales del mundo, señala que se van consolidando instituciones formativas distintas del seminario menor clásico; habla de “Centro Vocacional”, donde residen o se reúnen periódicamente quienes se encuentran en búsqueda vocacional. El documento valora positivamente estas alternativas, reconociendo sin embargo, la validez del Seminario Menor. Dice que “estas instituciones desempeñan un función importante, respetando el papel de las familias y de las comunidades cristiana y asegurando la plena libertad de los candidatos... facilitan la adquisición de un justo sentido de la llamada de Dios” (N. 26).

  3. LA RATIO FUNDAMENTALIS INSTITUTIONIS SACERDOTALIS.

Justifica plenamente esta experiencia cuando habla de los centros afines al Seminario Menor que brinden a los jóvenes apoyos para descubrir y desarrollar los gérmenes de vocación Sacerdotal.

“Para el mismo objetivo sirven también los centros erigidos en varias regiones, esto es, colegios, escuelas, en los que se cuidan y cultivan los gérmenes de la vocación sacerdotal al mismo tiempo que los de otras vocaciones”. (RFIS N. 18; cf OPTATAM TOTIUS N. 3).
La mayor parte del tiempo el  Seminarista en  Familia vive en su hogar.
La tarea de los padres cristianos es muy importante y delicada, porque están llamados a preparar, cultivar y defender las vocaciones que Dios suscita en su familia.

El papel del Equipo Formador es:

A).- Ayudar a los padres de familia a enriquecer con los valores espirituales y morales, tales como, una religiosidad convencida y profunda, una conciencia apostólica y eclesial, y un exacto conocimiento de la vocación.

B).- Conocer la problemática familiar para poder instruir mediante el anuncio de la palabra de  Dios a los esposos en sus responsabilidades específicas, de modo, que bien formados en la fe, sepan acompañar a sus hijos, posiblemente llamados, a darse a Dios sin reservas... (para conocer la realidad familiar, se realizan visitas domiciliarias).

C).- Los padres de familia reciben del Seminario una valiosa ayuda para su vida cristiana en orden a la educación de los hijos y la responsabilidad de la familia ante la vocación de su hijo, poniendo así en práctica lo que dice la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis:

 

“Con una oportunidad ayuda espiritual prestada a las familias, procúrese que se capaciten ellas mismas para colaborar cada día más eficazmente, junto con el Seminario, en el cultivo de las vocaciones eclesiásticas” N. 12.

            Para los padres de familia se han organizado reuniones mensuales. En ella se les dan orientaciones, se les ofrece la oportunidad de acercarse al sacramento de la Reconciliación y se les celebra la Eucaristía. Además se tratan asuntos relacionados con el comportamiento de sus hijos.

Además de las visitas domiciliarias se realizan las siguientes actividades:

    1. Convivencias Familiares (Navidad, Día de las Madres y fin de Curso)

    2. Distribución del periódico Mensual “EL MENSAJERO” (Formación e Información)

    3. Al finalizar el curso escolar se entrega a los Padres de Familia una evaluación sobre el comportamiento, cualidades y defectos que el equipo formador descubre en el candidato, sobre algunos detalles que los Padres de Familia deben conocer y tomar en cuenta para apoyarnos en el proceso vocacional. Además se anexan las Calificaciones obtenidas en las sesiones de estudio semanal y en las convivencias mensuales.

No debemos olvidar:

“LA PASTORAL VOCACIONAL ENCUENTRA SU ÁMBITO PRIMERO Y NATURAL EN LA FAMILIA”...
“LA FAMILIA ES EL VIVERO NATURAL DE LAS VOCACIONES” (El Papa Juan Pablo II, XXXI Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 1994).

“LA FAMILIA ES EL PRIMER SEMINARIO” (Optatam Totius N.2).

12.2 Movimiento familiar cristiano.

            El movimiento familiar cristiano en nuestra Diócesis ha tenido una importancia decisiva en el origen de muchas vocaciones, sacerdotales y religiosas.
Por eso el Papa en su discurso a los participantes al Congreso Europeo sobre las vocaciones, les exhorta a un trabajo constante a fin de que se promueva "la nueva cultura vocacional en los jóvenes y en las familias”.

La familia está llamada a ser, por su estructura fundamental, “figura educadora vocacional”, ya que en ella surgen los primeros brotes de toda vocación, y en ella puede encontrar las condiciones adecuadas para su desarrollo.

Por eso es necesario que la familia tenga conciencia de su propio ser eclesial y pueda así prestar este servicio particular a la Comunidad. Desde el Concilio, la familia es presentada bajo este aspecto comunitario de "Iglesia doméstica". Es el lugar de la presencia de Cristo, espacio de oración, lugar de evangelización y transmisión de la fe. No es, pues, simplemente el espacio de los afectos privados, sino también el ámbito donde se conectan las raíces de la identidad de cada persona: la pertenencia a la intimidad de los afectos familiares, más cercanos y estrechos, y la pertenencia a la Iglesia y al mundo. Por eso está llamada a ser un "lugar pedagógico vocacional".

El movimiento familiar cristiano tiene su importancia decisiva en el origen de muchas vocaciones sacerdotales y religiosas. Se trata, la mayor parte de las veces, de una influencia indirecta a través del ambiente que en ella se respira y de la vivencia de ciertos valores humanos y cristianos. Al cultivarse actitudes como la comprensión, acogida, cariño, espíritu de servicio, abnegación, fidelidad, religiosidad... La familia proporciona a sus hijos dos elementos básicos en la maduración de la persona, y por tanto también en la vocación: un clima-ambiente de relaciones humanas profundamente sano, y un sistema de valores claramente cristiano.

Actualmente 3,000 Familias de este movimiento están comprometidas en la oración por las vocaciones. Haciendo realidad el mandato de nuestro Señor Jesucristo “Rueguen al Dueño de la Mies que envíe Obreros a su Mies”. (MT. 9, 37-38).

Los animadores de la pastoral vocacional de los Institutos religiosos y de las diócesis deberían tomar más consciencia de la importancia que tiene la familia para la promoción vocacional, y en consecuencia deberían crear más amplias relaciones de colaboración con los muchos movimientos especializados que existen hoy de pastoral familiar. Algunos estudios sociológicos indican que aquellos Institutos religiosos que tiene en su - entorno una buena pastoral familiar, van viendo aumentar, aunque todavía tímidamente el número de vocaciones.

 

12.3.- Equipos parroquiales y apoyo del “Club Serra”.

            En la Parroquia se manifiestan las distintas vocaciones de la Iglesia.  Algunas desarrollan un servicio más especializado dentro de la comunidad. Pero la Parroquia es toda ella, una comunidad vocacional.

            Además de ser una comunidad de llamados, es una comunidad mediadora de llamados. La Parroquia debe llevar a que cada una descubra y ejerza su propia vocación. Toda la vida de la parroquia se convierte así en un camino vocacional.

            Educa y acoge el misterio de  Dios que llama. Educa a leer esta llamada dentro de una gran variedad de dones y ministerios que hacen de cada persona una vocación especial (para el Reino y para el mundo) destinada a la edificación de la Iglesia y de crecimiento del reino de  Dios en el mundo (PDV. 35). 

            La experiencia nos dice que para la animación de la Pastoral Vocacional se necesita de un equipo integrado por personas de distintas vocaciones que asuman la tarea de la animación vocacional en la parroquia.

          

  ACTIVIDADES DEL EQUIPO DE PASTORAL VOCACIONAL PARROQUIAL

           
El trabajo más importante del Equipo de Pastoral Vocacional Parroquial es: Lograr que los fieles participen en las actividades en las áreas de:

  1. La Oración

  2. La Formación

  3. El “Llamado directo”

ACTIVIDADES EN EL ÁREA DE ORACIÓN.

Las actividades que deben hacer: Promover la oración en la comunidad a favor de las vocaciones, celebraciones, reflexiones, retiros y otras actividades que ayuden a los fieles a descubrir la vocación que Dios les llama. Lograr que la oración sea más consciente y más frecuente. El modelo es el mismo Jesús que en medio de sus correrías apostólicas, pasó la noche en oración antes de escoger y llamar a sus discípulos (Lc. 6, 12-16).

En la línea de la oración los equipos parroquiales promueven en la comunidad parroquial la oración en familia, logrando así a lo largo del todo el mes, que distintas familias de la comunidad oren por las vocaciones sacerdotales y religiosas. A estas familias se les ha llamado “Familias Vocacionales”.

El Club Serra a lo largo de 35 años ha impulsado esta acción pastoral en nuestra Iglesia Diocesana. Actualmente podemos contar con: 5,353 familias orando en pro de las vocaciones sacerdotales y religiosas.

13.- Conclusión: “Una Mirada de Esperanza”.

Los cambios sociológicos, culturales, económicos y religiosos que hemos enumerado de una manera global más arriba, constituyen la causa principal de esta disminución de vocaciones de procedencia familiar.

Sin embargo todavía queda un espacio para la esperanza. Es cierto, la familia, siendo la más universal y básica de las instituciones humanas, se ve íntimamente afectada por los profundos cambios que se están produciendo en este final y comienzo del milenio; cambios tan significativos como son los de carácter social, religioso, económico, político, cultural... Pero precisamente por ser la unidad básica de la sociedad, siempre ha sobrevivido a pesar de las crisis y de las dificultades de todo tipo. La familia está en un momento de búsqueda de un nuevo sistema de valores que integre aquellos que se consideran perennes y los que se abren camino en este período de transformación y cambio por el que está pasando.

La estructura familiar es esencial a la sociedad y se encuentra en ella desde los orígenes.
La familia cristiana es considerada desde una comprensión eclesial como "iglesia doméstica", y así es presentada por el Magisterio de Pablo VI y Juan Pablo II.

Desde una perspectiva tanto sociológica como teológico, la familia, pues, se muestra como una institución perenne que ha sobrevivido a los más variados cambios sociales.

Sobre esta base se debe apoyar la reflexión y la praxis pastoral en torno a la familia como "cauce vocacional", como agente primario de la pastoral vocacional. La tentación más fácil ante la realidad actual que hemos presentado, sería la de aceptar que no se puede contar ya con la familia como un cauce vocacional y la de no esforzarse por recuperar su papel de "mediación educativa" para el nacimiento y el desarrollo de las vocaciones. Sin embargo, es necesario reaccionar ante tal tentación y, tener presente que la familia está llamada a ser figura educadora vocacional"; por su parte la pastoral deberá hacer lo posible porque lo sea realmente.

Aquí juega un papel fundamental la convicción de que toda pastoral es, debe ser, originariamente pastoral vocacional. Así se expresa el documento final del Congreso

Por eso la pastoral vocacional del futuro podrá tener como punto de referencia, más de lo que ha hecho hasta ahora, a la familia cristiana. Ayudarla a “que sea ella misma” (FC 19), es decir, a que desempeñe su papel en la Iglesia, y supone sentar las premisas necesarias para que florezcan las vocaciones de “especial” consagración. Tras la crisis de vocaciones se puede ver la crisis de la familia cristiana. Superar una de ellas es necesario para superar la otra.

Faltarán las dificultades, pero ciertamente hay un espacio para mirar a la familia con esperanza de que vuelva a ser el agente primero de la pastoral vocacional.

“FAMILIA ESTAS LLAMADA A SER Y SEGUIR SIENDO SEMILLERO DE VOCACIONES”

 

Trabajo realizado por:
                           Pbro. José de Jesús Apecechea Rosas.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

  1. DICCIONARIO DE PASTORAL VOCACIONAL
  2. Ediciones Sígueme
    Salamanca 2005

     

  3. “FAMILIA: VOCACIÓN Y MISIÓN”.
  4. Eugenio Alburquerque
    Ediciones CCS
    Madrid, España.

     

  5. “DIRECTORIO NACIONAL DE PASTORAL FAMILIAR”.
  6. Conferencia del Episcopado Mexicano.

     

  7. “NUEVAS VOCACIONES PARA UNA NUEVA EUROPA”.
  8. Documento final del Congreso Europeo sobre vocaciones .
    Obra Pontificia para las vocaciones Eclesiásticas.

     

  9. FAMILIARIS CONSORTIO”.

Exhortación Apostólica .
Juan Pablo II.

 

SIGLAS

 

AA – “Apostolicam Actuositatem”. Decreto del Concilio Vaticano II.
CL – “Christifideles Laici”. Exhortación Apostólica de Juan Pablo II.

 

FC – “Familiaris Consotio”. Exhortación Apostólica de Juan Pablo II.
GE – “Gravissimum Educationis”. Declaración del Concilio Vaticano II sobre la Educación Cristiana
         de la Juventud.

 

VHL – “La Verdad os hará Libres”. Pastoral de la Conferencia Episcopal Española.
LG – “Lumen Gentium”. Constitución Dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II.