EL Sacerdote, Animador  Vocacional
desde Aparecida

Nuestro Mundo Joven

Ahora podemos constatar la falta de jóvenes que quieran vivirse vocacionados. Es decir, no sólo viviendo lo que aparentemente “hay que” vivir, se asume la vocación de Dios,  sino cuando se ha descubierto en el camino una llamada, en el mundo una necesidad y en el alma un no sé qué, sin lo cual no se puede vivir. Despertar este ardor en los jóvenes es lo que toca al pastor, servidor del Pueblo Sacerdotal.

No podemos olvidar que en el deseo de Dios, en la alegría del servicio al Pueblo sacerdotal, en el amor vivido y entregado por el Reino, dedicándonos con toda el alma a lo que estamos llamados a vivir, está la fuerza de nuestra propuesta. Es así como podemos llegar a convertirnos en sacerdotes capaces de animar al Pueblo a descubrir su vocación.

El Sacerdote Llamado y Enviado
Los sacerdotes hemos sido llamados y enviados a hacer presente el Proyecto de vida de Jesús Sacerdote y cultivar los ambientes en los que nacen las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, seguros de que Jesús sigue llamando discípulos y misioneros para estar con Él y para enviarlos a Predicar el Reino. (Doc. Aparecida 315)

Para ello  los Sacerdotes necesitamos esforzarnos por conseguir que la santidad alcance cada estado de vida, cada ambiente, y  de este modo favorezcamos que todos los cristianos experimenten la necesidad de edificar el cuerpo de Cristo.

Además, lo que hemos recibido gratuitamente (Mt. 10,8), estamos llamados a darlo gratuitamente.
Para realizar este objetivo necesitamos ser rectos, confiados en el Señor que nos invita a no tener miedo. Asumiendo nuestra responsabilidad como administradores de los misterios de Dios. (1ª Cor. 4,1)
No vale ser mediocres. No vale contentarnos con poco. Estamos llamados a hacer visible lo entusiasmante que es seguir a Cristo y confiar con una vida entregada a Dios y a los hermanos lo que celebramos y anunciamos. Así podremos ir generando una cultura vocacional. Somos mediadores de la gracia vocacional. Los primeros en creerlo y asumir los precios, debemos ser nosotros.
“Necesitamos vivir con la certeza de que Jesús sigue llamando discípulos y misioneros para estar con Él y para enviarlos a predicar el Reino de Dios.” (DA 315)

La llamada de Dios en el Documento de Aparecida tiene  categoría de “urgente” e invita a todos especialmente a los jóvenes para que estén abiertos a una posible llamada de Dios al sacerdocio o la vida consagrada. Nos recuerda que el Señor dará la gracia necesaria para responder con decisión y generosidad a pesar de los problemas generados por una cultura secularizada, centrada en el consumismo y el placer. (IBID 315).

Que importante es entonces, para el sacerdote, vivir plantado en el Pueblo de Dios, como un verdadero hermano entre hermanos.

“El presbítero, a imagen del Buen Pastor, está llamado a ser hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos, particularmente de los que sufren grandes necesidades”. (DA 197).

Nuestro sacerdocio es servicio. Nuestra fuerza es el cariño por el pueblo que se nos ha confiado. Es así como podremos ser convocantes. Necesitamos entender y aceptar que los frutos de nuestra Pastoral Vocacional depende más de lo que somos que de lo que hacemos. Urge entender y aceptar que la vocación se despierta por contagio. Tener la certeza de que hay muchas más vocaciones en el Pueblo de Dios, a la vida laical comprometida, a la Vida Consagrada y al sacerdocio de las que descubrimos.

Cada vocación en la Iglesia está al servicio de la santidad. La vocación sacerdotal lo está de modo especialísimo por las mediaciones con las que cuenta.

La Pastoral Vocacional exige de nosotros una vida sacerdotal revitalizada. No se trata de definir ó de dar respuestas acartonadas ante las búsquedas de las personas en sus diferentes vocaciones. Es importante saber DESCRIBIR nuestra vocación con nuestra manera de vivir, de ser, de estar en medio del Pueblo de Dios.

El trabajo del sacerdote es amar. El P. Félix de Jesús Rougier decía: “Todo es cuestión de amar, pues ¡vamos amando!”. No podemos olvidar que nuestro amor, ante todo tiene que ser a Jesucristo.

No hemos sido ungidos para “hacer de sacerdotes” sino para vivir sacerdotalmente nuestro sacerdocio bautismal y nuestra vida ministerial. Así animaremos al Pueblo que se nos ha encomendado a vivir su vocación. La que sea, con tal que sea la suya, la de cada uno.

Nuestra vida es ser sacerdotes. Y ser sacerdotes, es nuestra vida. Una animación vocacional seria requiere fomentar las decisiones y la reflexión, la responsabilidad y la libertad, el apasionamiento por lo que se ama, así como el buen juicio, para sopesar lo que toca hacer.

Ciertamente, toda vocación conlleva riesgo, apuesta y sólo confiados en aquel que cuando llama también dice: “No tengan miedo”, “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”, es como se puede abrazar una vocación.   

Me permito copiar el trozo de una carta de un sacerdote mayor, exhortando a otro sacerdote joven que iniciaba el camino.

“La gracia ha llegado. ¡Abrázala y no la sueltes…! Tu Ordenación Sacerdotal es una gracia para vivir y para morir en ella.

En esta vida, de lo que se trata es de SER SANTO porque quien nos ha llamado ES SANTO. Y ser santo “al modo de Jesús Sacerdote, tiene ciertas implicaciones”.
Sin vida interior, NO SE PUEDE SER SANTO.
Sin trato con Dios, NO SE PUEDE SER SANTO.
Sin ser Misericordioso, NO SE PUEDE SER SANTO. Sin ser Compasivo, NO SE PUEDE SER SANTO.
Sin poner los intereses de los demás, antes que los nuestros, NO SE PUEDE SER SANTO.
Sin poner los intereses de los demás, antes que los nuestros, NO SE PUEDE SER SANTO.
Con solo buenas intenciones, NO SE PUEDE SER SANTO.
Con una buena “apariencia…”en cualquier terreno, NO SE PUEDE SER SANTO.
Sin un amor desinteresado a quienes el Señor ponga en tu camino, NO SE PUEDE SER SANTO.
Sin espacios para encontrarte contigo mismo, con Dios y con el mundo que el Padre ha amado tanto, NO SE PUEDE SER SANTO.
Si no tienes tiempo para hablar con Dios, mejor no hables de Dios, ni de Jesucristo, ni de su Evangelio. Pero entiende que entrarle a este Proyecto de Vida, es como lanzarte a los brazos de un Dios infinito que te invita a deber de su Corazón de Padre, de su Corazón de Hijo, de su Corazón de Amor que es el Espíritu Santo.
Si no eres Solidario (no cómplice) con tus hermanos sacerdotes, NO SE PUEDE SER SANTO.
El que quiere tener todo y lo consigue, hasta lo que no necesita, NO SE PUEDE SER SANTO.
Te recomiendo que en tu Agenda, siempre haya ESPACIO para Dios. Te invito aprendas a vivir contemplativamente, solidariamente, entregadamente, para extender el Reino de Dios mostrando con tu vida, que es posible, que vale la pena

SER DE CRISTO SACERDOTE.
Ser Sacerdote, padrecito, es decidirnos a hablar no sólo el lenguaje de las palabras, sino ante todo el lenguaje de la vida ofrecida, el lenguaje de la Sangre derramada, así como lo celebras cada día en la Eucaristía.
Ser Sacerdote es decidirte a Eucaristizar tu vida, es decir, no olvidar que en el altar tú eres el sacerdote y Jesús es la víctima. Y en cuanto termine tu celebración: Jesús es el sacerdote, deja que lo sea, y tú sé la Víctima. Para que Él continúe en tu servicio, en tu entrega, en tu corazón, su sacrificio, su Vida entregada, su Sangre Derramada.
Ser sacerdote es decidirnos a afrontar la vida, los problemas, que vendrán en su momento, como en toda vida, desde Cristo Sacerdote, porque sólo Él Camino, La verdad y la vida.
Ser sacerdote es decidirse a jugar la vida a una sola carta.
Sólo tenemos una vida padrecito y esta es toda para Dios y toda para los hermanos. Viviendo como Jesús.
No lo olvides nunca y habrás encontrado en la Cruz de la vida, esa alegría que Jesús prometió y que NADIE NOS PUEDE ARREVATAR”.

 

Desde el Documento de Aparecida

Con palabras semejantes el Documento de Aparecida nos dice:

“El pueblo de Dios siente la necesidad de presbíteros-discípulos: que tengan una profunda experiencia de Dios, configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles a las mociones del Espíritu, que se nutran de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la oración; de presbíteros misioneros: movidos por la caridad pastoral, que los leve a cuidar del rebaño a ellos confiados y a buscar a los más alejados predicando la Palabra de Dios… de presbíteros-servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad. También de presbíteros llenos de misericordia, disponibles para administrar el sacramento de la reconciliación…” (DA 138).

Solamente el sacerdote que conoce a Dios y trata con Él, como un amigo con su amigo, puede llegar a ser Animador Vocacional en donde el Señor lo tenga sembrado. (Ex. 33 11)

 

Esteban Rosado López M.SP.S
(Misionero del Espíritu Santo)